Según
la opinión de los viejos soldados, era como si les hubieran
devuelto a un Amílcar joven. Veían en Aníbal
el mismo vigor, la misma expresión de energía en
sus ojos, el mismo aspecto, los mismos rasgos. Pero muy pronto
Aníbal demostró que esta semejanza con su padre
era uno de los menores títulos a su favor.Nunca hubo un
espíritu más apto para los comportamientos más
apuestos; la obediencia y el mando.
No podía saberse si era más querido por el general
o por el ejército. No existía otro oficial al que
Asdrúbal prefiriera para una acción valerosa y
enérgica. Ningún jefe tenía la confianza
y la entrega de sus soldados como él. Ningún otro
tenía su audacia para afrontar los peligros ni su sangre
fría en las situaciones más graves. Las fatigas
no vencían ni su cuerpo ni su alma y nadie soportaba como
él tanto el frío como el calor. En el comer y el
beber se ajustaba a sus necesidades físicas y nunca lo
hacía por placer. Sólo dedicaba al sueño
el tiempo que le dejaban libre sus tareas y no dormía
en blanda cama o en silencio; podía vérsele con
frecuencia cubierto con una capa de soldado, acostado en el suelo,
entre los centinelas y los puestos de guardia. Las vestiduras
no se distinguían absolutamente nada de las de los jóvenes
de su edad. Sólo sus armas y sus caballos atraían
las miradas de los soldados de caballería como de los
de infantería, puesto que él era el mejor: el primero
que entraba en combate y el último que lo abandonaba.
(Según Tito Livio) |