
No cabe duda de que de los grandes hechos de la Antigüedad,
la travesía de los Alpes por Aníbal es el que ha
hecho correr más tinta, pues todos los historiadores se
empeñan en relatar estos acontecimientos. Tito Livio señala
las variantes que encuentra en sus propias fuentes. Medio siglo
más tarde, Séneca hace alusión a las diferentes
versiones de ellos. Y desde el principio del S. XVI, la literatura
no ha cesado de inspirarse en este episodio de la Historia. A
finales del S. XIX un especialista estimaba en más de trescientos
el número de libros consagrados a esta cuestión.
En vísperas de la Primera Guerra mundial, un historiador
declaraba que le serían necesarios más de cien años
para recorrer toda la bibliografía relativa a este asunto.
En la actualidad sería necesaria una segunda vida para
leer todo lo que ha aparecido después sobre ello.
Es verdad que, en varias ocasiones, hacia el año 400 (a.J.)
algunos grupos celtas habían atravesado los Alpes. Pero
que un ejécito entero de varias decenas de miles de soldados,
con su caballería, su intendencia y sus elefantes, hubiera
podido atravesar estas montañas, era un hecho sin precedentes.
Esta hazaña estaba a la altura de las de Alejandro Magno,
e incluso las eclipsaba, llegando al nivel mítico de las
proezas de Hércules.
